En España, papás se declaran en huelga y reclaman tiempo libre para compartir con sus hijos.

Es una historia de la vida real. Eva Pazos es una joven de 17 años que está en segundo curso de bachillerato, el último paso antes de ir a la universidad. Estudia en un instituto público de Madrid (España), y como en ese país el año escolar va de septiembre a junio, tiene vacaciones en la época decembrina. Dice que ese periodo que tanto ha esperado no lo va a poder disfrutar porque debe resolver 200 ejercicios de integrales que acaban de ponerle para su clase de cálculo.

Una operación aritmética mucho más simple indicaría que un estudiante promedio tarda 10 minutos resolviendo cada integral. Es decir, Eva necesitaría dedicar al menos 33 horas de sus vacaciones, única y exclusivamente, a una sola tarea, de una sola materia.


“¿Cómo puede motivar eso a una joven que lo que quiere es estudiar psicología y solo está pensando en eso?”, pregunta su papá, José Luis Pazos, presidente de la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado (Ceapa), una suerte de gremio que tiene voz ante más de 12.000 colegios de ese país.

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Pazos pone el ejemplo de su hija para explicar las razones por las que la Confederación que representa convocó para los cuatro fines de semana de noviembre una huelga de tareas. Se trata, tal cual, de un plantón para exigirles a los profesores y colegios tiempo libre de calidad. Para padres y alumnos, por igual.

Plantea que el objetivo de su campaña –denominada ‘En la escuela falta una asignatura: mi tiempo libre’– es lograr, de fondo, la eliminación de las tareas escolares que, según dice, limitan el derecho al esparcimiento. Pazos afirma que los estudiantes deben dedicarles a esas obligaciones extraclase casi siete horas a la semana, tiempo que se suma a las 25 horas en primaria y 32 en secundaria que permanecen en las aulas.

“La idea es que los docentes entiendan que pueden reducir significativamente esos trabajos sin afectar el modelo pedagógico”, asegura. Y en ese sentido, puntualiza que la propuesta es que, mientras tanto, las tareas para los alumnos sean de lunes a viernes y los fines de semana estén libres.

“Les pedimos a las familias que hablen con los maestros directamente sobre la necesidad de tener más tiempo familiar para hacer otras cosas que también forman a los niños, como visitar museos, jugar, hablar de temas como la violencia de género, escribir, ver películas, viajar, cocinar o hacer deporte”, añade.

Sostiene, entre otras cosas, que las tareas o deberes, como les llaman en ese país a las horas que deben cumplir los estudiantes en casa, terminan recargándose en los padres.

“Las tareas están basadas en un supuesto falso: no todas las familias saben ni quieren ni pueden hacerlas. La escuela no ha evolucionado y se piensa que los jóvenes pasan mucho tiempo sin hacer nada, cuando no es cierto”, concluye.

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Por ahora, Pazos y su gremio reportan éxito total en la huelga, que este domingo cumple su segundo fin de semana.

La huelga de los padres de familia españoles, por supuesto, ha generado un debate sobre los modelos educativos que, en el caso colombiano, no es nuevo. En el 2012, el exsenador Édgar Espíndola presentó un proyecto de ley para prohibir las tareas con el ánimo de que los niños destinaran este tiempo a actividades lúdicas, pero no fue aceptado por el Congreso.

Aun así, en el país hay, desde hace décadas, experiencias que dan una idea sobre cómo funcionaría un modelo escolar sin ellas. Una de ellas es la de la Fundación para la Actualización de la Educación (Face), que cumple 34 años de labores, tiene 350 egresados y 210 estudiantes hoy en sus aulas.

Carlos Alberto Jaramillo, su representante legal, cuenta que en esa fundación sin ánimo de lucro los alumnos están mezclados por rangos de edades y no por grados, como suelen agruparse en instituciones convencionales. Cada salón no tiene más de 15 estudiantes y “cada quien va a su propio ritmo, con sus propios intereses y respondiendo a un sistema de coevaluación”.

Bajo su sistema pedagógico, las tareas tradicionales están vetadas. “No las compartimos porque son obligaciones y cuando un niño siente una obligación se genera un temor y se limita su creatividad. Además, sabemos que las tareas terminan siendo más para los padres que para los estudiantes”, asegura Jaramillo.

“No es que nuestros estudiantes no hagan tareas, sino que realizan investigaciones por amor a lo que hacen y les gusta, dentro o fuera de las aulas”, agrega.

Jaramillo va un poco más allá y se anima a decir que las tareas “son mecanismos disociadores de las familias”, que incluso pueden ocasionar enfrentamientos, malos tratos o matoneo. “Muchos padres piensan que cuando los jóvenes están en su cuarto, viendo televisión o en su celular, están sin hacer nada, y en realidad sí están pensando, están creando”.

Un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), titulado ‘¿Las tareas perpetúan las inequidades en la educación?’, de diciembre del 2014, señala varias conclusiones sobre el tema. Primero, que si bien se ha reducido el tiempo que los estudiantes de 15 años gastan semanalmente en deberes fuera del aula, son los de las clases bajas los que dedican más. Además, que hay otros factores, más allá de estas obligaciones, los que determinan el rendimiento de un alumno en los sistemas escolares.

Incluso, el documento de la Ocde clasifica a los países según las horas que los jóvenes de 15 años dedican cada semana a hacer tareas. Ahí aparecen en los primeros lugares China, con 13,8; Rusia (9,7); Singapur (9,4); Kazajistán (8,8) e Italia (8,7). Colombia está en el lugar 28 de esa lista y con 5,3 horas es la segunda nación de Suramérica. Finlandia ocupa el último lugar, con apenas 2,8 horas.

Pese a todo, Julián de Zubiría, director del Instituto Educativo de Innovación Pedagógica Alberto Merani, en Bogotá, argumenta que es incorrecto rechazar las tareas ‘per se’. “Los padres deberían oponerse a las tareas rutinarias, mecánicas y descontextualizadas, pero no a cualquier tarea. Estas son esenciales en el proceso educativo”, dice.

De Zubiría defiende que las tareas sean creativas, interesantes, pertinentes y acordes con el nivel de desarrollo. “Deben ser breves y vinculantes para las familias y ligadas a la lectura y la investigación para los jóvenes. Lo que hay que garantizar es que los colegios consoliden el desarrollo”, dice
Articulo tomado de El Tiempo



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